La Santé

Era un hombre infeliz por norma general, pero aquél día había decidido hacer una excepción. No se lo había planteado de una forma consciente, pero la posibilidad apareció como un extra, alrededor de las seis de la mañana. Justo cuando Inmaculada cerraba el Ricks. A veces se reunían en un lugar cercano para hablar y tragar las cosas.
El turno de Martín era muy diferente. Terminar dos horas antes le permitía cruzar la ciudad, llegar puntual y satisfacer en absoluta soledad sus ansias. Las tarjetas de zona tres se vuelven inactivas si no sales del distrito obrero antes de que amanezca. Cerca del centro es fácil. Sólo tienes que estar dispuesto a dejar pasar la hora punta, y subir a un tren de zona uno con línea abierta las veinticuatro horas. Fuera no existe nada. Tan sólo edificios con luces encendidas, calles sin coches, una de cada seis farolas encendidas y polígonos industriales.
– ¿Has visto alguna vez tanta publicidad electoral en una misma calle?
Acababa de irrumpir Inmaculada en la mesa solitaria de aquél bar, mientras él mantenía una actitud ensimismada en su plato de espaguetis a la carbonara. Siempre les faltaba sal, pero lo sustituía frecuentemente con mucho vino de la casa. Después de tragar decidió hablar.
– ¿Cómo lo has hecho?
Miró fijamente por un segundo a sus ojos. Lo justo para que ella supiese que era una curiosidad vital. Nada de gestos sinceros de acompañamiento. Tan sólo el ansia de encontrar una luz que pudiera encenderse en su interior y salir de la estadística. Llevaba años dentro de ella y hoy podría ser diferente. Ya pasaban de las seis y media y se había instalado definitivamente la esperanza.
– Existe una creencia donde crecí, ¿sabes? -prosiguió Inmaculada como si no se hubieran escuchado en ningún momento-. Cuando te levantas con ganas de un buen café y no consigues tomarlo recién hecho, debes apresurarte y hacerlo cuanto antes. De lo contrario, corres el riesgo de que no te importe nada nunca más el resto de tu vida. Y así empieza todo. Con un acto tan cotidiano que asumes sin importancia y que se extiende por tu vida hasta volverte negro y tranquilo.
Para entonces, los espaguetis habían desaparecido. Un trozo de tarta de almendras al peso ocupaba una de las manos de Martín. En la otra, un led azul polar reflejaba en la pantalla una lectura positiva: abierta zona uno. Se miraron. Pidió la cuenta. Inmaculada abandonaba la mesa dejando atrás intacta la taza con su té sencha. Aunque su bolso era un poco grande y no hacía juego con ninguna prenda de las que vestía, le daba una imagen agradable equilibrando su forma de caminar y cierta armonía. Un complemento influyente y definitivo.

Tengo sangre en la boca. Sangre cayendo por la comisura de mis labios y un dolor inmenso en mis pómulos. Miro una pantalla de quince pulgadas donde se desarrolla una escena cotidiana en un lugar concreto. Es la entrada del gran edificio del Banco Nacional. Inmaculada camina armoniosa hacia el interior. Sin pausa. Negra y tranquila. Segundos más tarde, una explosión convierte la imagen en un paisaje pixelado de tonos grises y rectangulares.
Un hombre apaga el monitor, enciende una luz y me mira. Levanto mi cabeza ligeramente y lloro. Atado a la silla donde estoy sentado, miro levemente a los lados intentando ubicarme. Es una habitación pequeña y no consigo ver ninguna ventana. Intento abrir bien los ojos y distingo una figura. Es Tristán. La servidumbre que sirve sin sal todo lo comestible. Distingo otra figura. Y otra más. A lo lejos sirenas y gritos. Veo el emblema de la comunidad: amarillo y bolas de plata sobre la corona de seis puntas. Me observan. Todo el mundo mira mis lágrimas, mis ojos hinchados… Lloro, lloro y lloro. La luz sigue encendida mientras lo hago. Entonces me escucho sollozar y siento cómo babeo y sangro. Siento mi boca de color rojo brillante, desfigurada. Me están mirando pero sólo ven una estadística. Una mínima estadística. Un porcentaje erróneo que dejará los censos en el mismo momento, en el que la luz se apague.

Mi nombre es Léonard Alonso Le Brun. Tengo treinta y tres años. En algún lugar de Francia, desde esta celda, desnudo, me preparo para mi ritual definitivo. Tragaré mi lengua y sufriré. Esa es mi decisión.

© Todos los textos de esta Web están registrados y protegidos bajo licencia.

B-85

Apago la luz y comienza la historia.

Un tiovivo gira, gira y gira los animales de plástico. Las luces falsas de colores falsos. La diversión falsa. Un hombre calvo sonríe desde el interior de una cabina metálica y acristalada. Sus ojos son rojos. Su mirada profunda y espiral.

Entonces, decido escaparme a lomos de un caballo de colores brillantes, blanco y dorado, de patas muertas y veloces. Trotamos en dirección a una nube cercana para escondernos. Repentinamente, a mitad de trayecto, cambia el rumbo y corre hacia el suelo en una bajada en barrena. Relincha y recita salmos tristes y amenazantes. Dice: que todos los cabellos se tensen. Que todas las patas, pies o pezuñas, se limen por el pánico. Que los jinetes lloren. Que las entrañas de la tierra afloren.

En ese instante, penetramos verticalmente en el profundo suelo. En una textura gelatinosa, áspera, marrón y húmeda. El ambiente sonoro repetía, casi de forma ininterrumpida: ay, ay, ay.

De pronto sentí miedo. Un terror incontenible a todas las cajas de madera repletas de lápices. A los colores fluorescentes y las ventanillas. Súbitamente mi caballo se detuvo. Miró hacia los lados y habló: es su turno. Es usted el siguiente.

Una luz aparecía lentamente, mientras figuras borrosas se movían a mi alrededor. Un hombre con gafas, una mujer con un paraguas y dos jóvenes tatuados me miraban sin decir nada. Me ayudaron a incorporarme y ella, señaló a mi mano izquierda. Miré mi extremidad con distancia, sin emoción alguna, y pude comprobar que sostenía entre mis dedos un papel cuadrado y pequeño, con una inscripción en negrita que decía: servicio público de empleo estatal. Número de cita: B-85. Día: 23/10/2019. Hora: 13:00.

Mi cabeza parecía a punto de estallar, y un hambre dolorosísima se apoderó de mí. Di media vuelta y, lentamente, salí de allí.

Entré en la primera tasca que encontré. Pedí de todo lo comestible que vi sobre la barra del bar, y me lo comí con desesperación. Sentado frente a un café de sobremesa, pensé en todo lo que me había pasado. Inesperadamente, la melodía de un carrusel me expulsa de aquél estado catatónico. Una llamada inoportuna me deja en estado de shock. Descuelgo el teléfono y una voz seca y varonil dice al otro lado: apaga la luz y comienza la historia.

© Todos los textos de esta Web están registrados y protegidos bajo licencia.

Querido Sergio

Querido Sergio:

Pedirte que no leas entre líneas, sería como intentar borrar una imagen. Así que me limito a escribir. Trataré de contarte lo que seguramente sabes pero no querrías conocer: Mario sabía toda la verdad. Conocía realmente el final.
Desde su posición privilegiada, como mudo espectador, veía acercarse ordenadamente todo el desastre. Pero no habló. No podía hacerlo. No se lo hubiésemos permitido.
El dolor ante algo inevitable, en ocasiones, nos hace herirnos a nosotros mismos. Quizás eso fue lo que le pasó. Mutiló su capacidad verbal, para sustituirla por otra: la de destruirse. Yo, ya lo he superado.

Por favor, no intentes buscarme. Viena es muy grande.
Estoy decidido a empezar. Esta vez es distinto. La pérdida ha tocado nuestro entorno, y eso lo cambia todo. He dejado de sentirme culpable. Egoísta.

Probablemente cuando leas esto estaré fumando en la habitación de un hotel, o en una cafetería, a más de dos mil quinientos kilómetros de ti. Sé que estaré fumando, porque hace tiempo dejé el hábito de dormir. También de leer. Aunque reconozco que este último, sólo es una daño colateral que recuperaré con el tiempo.

No escribas. Debes evitarlo por todos los medios. No pienso leer absolutamente nada. No pienso hablar. Pero sólo para protegerme. No por lealtad.

Espero que puedas sufrir algún día la magnitud de tus actos. La consecuencia por siempre. Quizás entonces no puedas soportarlo. Quizás Mario sólo era un espejo en tu vida. Quizás ya lo sabes.

Definitivamente solo,
Daniel

P.D. Jamás me gustaron las petunias. Me resultan empalagosas y demasiado débiles.

© Todos los textos de esta Web están registrados y protegidos bajo licencia.

Azul plexiglás

¿Qué sucede en la cabeza de alguien cuando, cada treinta minutos aproximadamente, la sirena de un coche de policía te desvela, te asusta y te recuerda que vives en el barrio más peligroso de la ciudad?

Sucede que te concentras sólo durante treinta minutos. Sucede que aprendes intensamente a descansar, a estudiar, a leer e incluso a hacer el amor en fracciones de tiempo divisible entre dos. Tu vida se convierte en un número par, en un quebrado, en una división inevitable que te destruye o te vuelve un cardo borriquero. Lo primero no tiene un destino apetecible y de lo segundo saldré con fuerza de voluntad. Me encuentro en el camino múltiple. En la línea de ascenso a la planta superior. Al control de mis temores y en el sendero de las técnicas de recuperación y mantenimiento.

La pantalla que tengo frente a mí, me recuerda que debo pulsar un botón. La tecla que me hace escuchar lo que yo elijo al menos durante unos segundos. Escucho a un locutor: El lunes a las 22:30 de la noche en Tele… Pulso. Una protección natural 100%. Pulso. Música. Es el Canon de Pachelbel. Relajante crescendo que deja de serlo a medida que hace que me sienta sola como un número primo. Como la tonta de un pueblo deshabitado. Tonta como Margarita, mi prima la de Albacete, que se creía que Jorge Javier Vázquez era un escritor famoso y no un personaje de los cromos de la palma. Tonta como su amiga Matilde (Mati como ella la llama), que salió una sola vez del pueblo, sólo una, viajó a Madrid y regresó al día siguiente.
-Casi no he salido de la estación- dijo al llegar.

La misma Mati que no era gorda, sino ancha de hueso. Un número par. Indivisible por cercanía o afinidad, por reducción. A los cinco meses se descubrió su embarazo y dijo: lo que pasa es que allí hay mucha contaminación y estrés y no todos los cuerpos reaccionan de la misma manera.

Oigo la sirena acercarse, con su sonido azul uniforme y reflejos de plexiglás. Pulso off, me levanto unos minutos y fumo.
La ventana del baño cerrada. La puerta de la calle con dos vueltas de llave, las cortinas de mi habitación cerradas y la ventana ligeramente entreabierta. Repaso mental de mi refugio, de mi casa segura y cerrada. Me levanto y tiro de la cisterna. Vuelvo a acostarme. Pulso on. El crescendo está a punto de llegar a su final. Curiosamente no a ninguna cima, sino a un precipicio que corta el verbo y las ganas. A la caída. Al final. Pulso. El ñandú es incapaz de volar, sin embargo todo su cuerpo está adaptado para correr a gran velocidad si se ve en peligro… Justo lo contrario de lo que a mí me sucede. Me paralizo con los imbéciles. Pulso. De las cuatro opciones: A, tanto va el cántaro a la fuente… Pulso. Los vídeos musicales siempre son una escapatoria. La MTV es una aliada. Permanezco tumbada desnuda sobre la cama, esperando.

Esta noche se retrasa el turno. Imagino una pieza diferente esta vez. Una mente privilegiada. Complicada, inquieta y torpe sexualmente. Sin un uniforme adjudicado ni conocido. Algo anónimo, oculto socialmente, desconjuntado, mezclando cuadros con rayas. Con gorro de lana en verano y gafas de sol. Corpulento y tostado por partes. Con un culo blanco y dibujado. Suena mi teléfono móvil.
-¿Si? Desengaño 23, 2º Dcha- cuelgo.

Enciendo un cigarrillo y una vela. Pulso. Los productos de limpieza más revolucionarios no son los más caros… Pulso. Vuelvo atrás. Enya es perfecta. Suena el portero automático. Abro la puerta sin miedo. Muy tranquila vuelvo a la cama y estiro la ropa. Llama a mi puerta con los nudillos. Me acerco y abro sólo con mi bata de seda rosa. Tiene barba de tres días y uniforme. Me saluda tímidamente y sonrío. Cierro la puerta y camino delante en dirección al baño. Lo abandono allí con la luz encendida y lo espero sentada en la cama. Subo el volumen del televisor y enciendo otro cigarrillo.

Minutos más tarde aparece con el pelo un poco húmedo y vestido completamente. Como cuando entró. Me hace preguntas y me habla de la noche ahí fuera mientras se quita complementos que indican a qué se dedica. Le paso mi cigarrillo y fuma. Abre su camisa y afloja su cinturón lentamente. Es guapo. Tiene unos brazos y un torso trabajados y que ofrecen seguridad ciudadana. Dejamos de hablar y nos tocamos. Nos acostamos y giramos juntos durante un tiempo. Luego permanecemos tumbados y quietos durante unos minutos. Callados. Mirando el techo que se ilumina de vez en cuando. Luego fumamos más y vuelve a ponerse su uniforme, a redecorarlo con los mismos complementos, en los mismos lugares. Lo dejo solo mientras termino de arreglarme en el baño y finaliza su ritual. Cuando regreso ha terminado y está quieto mirando por la ventana. Compruebo que en el cajón de mi mesita de noche se encuentra el sobre de siempre. Le sonrío y me besa. Lo acompaño a la puerta.
-En el camino nos encontraremos- dice antes de irse.

Cierro la puerta. La sirena vuelve desde lejos, las luces y algunas voces. Cierro la ventana, apago la luz de la mesilla y pulso off.

© Todos los textos de esta Web están registrados y protegidos bajo licencia.

Kokoro

Siempre sucede a la misma hora. Las 04:35 de la madrugada y mis ojos se abren como una flor de loto.

No puedo hacer más que tomar un té a la luz de mis leds azul polar mientras se enciende y configura mi ordenador, mi Ps… Mientras el agua se calienta, apago la vela que mantengo viva todas las noches por mi estrella de Hentai* y pienso.

Últimamente ni siquiera puedo soñar. No tengo visita. Sólo uno mis párpados y los separo horas más tarde. Dibujé en mi tatami sus iniciales H. M. en color rojo. El único pedazo de suelo que no piso y permanece limpio de cosas. Así puedo verlo con cualquier movimiento de mi cabeza. Letras rojas como la sangre que debería circular por ella. Rojas como el gran punto.

Tokio permanece latente.
Cada día tardo más en llegar a mi perfil en Forsaken*. Espero absolutamente inmóvil. Sin prisa por perder un tren o una cita. Noto brillar mis ojos por la luz de la pantalla. Siento los pinchazos del brillo reseco y parpadeante. Cientos de mundos organizándose para mí. Para buscarte en lugares tridimensionales y multicromáticos imposibles de codificar. Finalmente veo la playa de mi último salto al cibervacio. Veo los rascacielos al fondo del horizonte y salto otra vez. Llego a las luces y la multitud, tropezando y atravesando varias farolas en mi aterrizaje. Me siento en la terraza de mi restaurante de Sushi favorito y me abandono.
Termino de comprobar mi correo, busco mis galletas con leche y sirvo más té.

Hace dos días que no dejo la bolsa con la basura al otro lado de la puerta. Justo en medio del pasillo. Es la única manera de que mi madre se lo lleve rápido. Empieza a molestarme el volumen que he llegado a acumular. Cuando en la mañana temprano se levante, será lo primero que verá. Justo frente a su habitación, mi mierda plastificada sin olor orgánico, multicolor, transparente y sin aditivos. Un asco aséptico que termina por devolverme imágenes terribles de videojuegos. Ella grita sin sentido y maldice la suerte de casada. Pretende tirar la puerta abajo pero desiste. Dice no soportarlo más. Amenaza con suicidarse a la hora del baño. Lloriquea y habla sola. Su marido lleva tres noches sin dormir a su lado. Prefiere el hotel por horas al lado de su fábrica. Se ahorra treinta y cinco minutos de su tiempo en cada trayecto. Se ahorra los besos y las caricias. Y la angustia de ella mirando a la pared.
Nunca respondo a nada de lo que dice.

Mi gesto se detiene en el rincón del cuaderno. Retomo el cuaderno negro y leo la primera página. Trata sobre el primer día, hace año y medio, sobre las dimensiones de este cuarto y los básicos electrónicos que necesito para comunicarme, escuchar sonidos, grabar imágenes y sintonizar redes inalámbricas a mi alcance. Imprescindibles que han ido llenando la atmósfera y el espacio de los seis metros cuadrados de este habitáculo. Del mundo independiente al país que habita al otro lado de la pared. Agito los dedos vertiginosamente por los extremos de las hojas y aceleradamente llego al día de ayer. A la noche de ayer. Tiene muchas líneas, tachones y quiero llegar al final. Leo literalmente sin reconocer ni recordar de memoria, ni una sola sílaba: “…mantener el orden de las acciones, de los pasos descritos, de los lugares elegidos a las horas acordadas, es muy importante. Hará imposible que algo malo pueda suceder. Nadie sabrá lo que sucedió y yo, un único kokoro*, viviré sin rivales, en paz, con la tranquilidad de un viejo cazador de ballenas. Saldré ahí decidido a salvarte y sólo para salvarte. Después volveré a este país, a desplazarme con mi bicicleta y mi máscara sin miedo a cruzar al humano. Viviré y caminaré despacio. Más lento que a la vuelta de un paseo por el bosque. Y nada más sucederá”.

Afilaré mi Katana.
Hace dos días que cumplí los veintinueve y ahora lo recuerdo todo. Ahora recuerdo qué día es hoy. Hoy, yo mismo sacaré mi propia mierda. Mantendré el orden descrito, los lugares en orden. Caminaré hasta Shibuya para recordar paso a paso. Me desplazaré del punto A al punto B y a los demás. No grabaré nada. Sólo portaré la mochila con lo necesario. Ropa limpia, zapatillas blancas y agua embotellada. Tomaré mi sopa al anochecer mirando al parque Ueno. Pensaré en los días. Dormiré algunas noches y viviré sin el remordimiento de un padre. Y eso será todo. Sin la angustia de un dios menor.

*Hentai: Cómic pornográfico gore.
**Forsaken: Juego de rol online multijugadores.
***Kokoro: Es una palabra de origen japonés que puede significar corazón, espíritu, mente, intención…

© Todos los textos de esta Web están registrados y protegidos bajo licencia.

San Javier

I

  Lo que voy a contar, sucedió.
No fue premeditado, buscado o fruto del morbo de unos meneos para aliviar rojeces del corazón. Fue salvaje. Un abuso y un deleite para los sentidos. A partes iguales.
Nos enzarzamos de la forma menos sexual que uno puede esperar. Con la menor intención del mundo. Quizás por eso fue un enganche tan brutal y del que solo contaré un pequeño capítulo para no herir.
Compraba un electrodoméstico de aire acondicionado portátil, como resultado de una desesperación nocturna que prometí solventaría a la mañana siguiente bien temprano. Sin saberlo, cumplir mi palabra modificó mi vida de forma inmediata. Mi destino. A veces, ser responsables nos lleva a ser marionetas de una causalidad incontrolable.
Estaba de permiso desde principio de semana. Después de la última salida humanitaria, me correspondían por ley todos estos días. Por aquél entonces, ya me estaba planteando abandonar el ejército. No encontraba sentido a la vida desde dentro de una organización, que jodía a sus hombres de todas las maneras posibles menos por el culo. Pero esa es otra historia. La mía con mis hombres. Algún día también la contaré.
Volvamos al aire acondicionado. Después de decidirme por el aparato, lo subí a mi coche y arranqué con la agradable sensación de que iba a pasar una noche fresca, desnudo. Aunque pillase un resfriado digno de una baja larga. Deseaba ese resfriado tanto como el pezón de una madre primeriza una boca hambrienta.
Conducía en dirección a Cartagena por capricho, por simple dulcero. Mi intención era abastecerme para varios días con todo tipo de calorías y algunos tés, un daño colateral al que me aficioné en mi último destino. A la vuelta decidí hacer más tiempo y me desvié de la autopista un poco antes de Los Alcázares. Me gusta rodear cuando no tengo nada mejor que hacer y la excusa de la soledad como aliada.
Después, la rotonda…

II

  En un piso modesto de la calle del Olivar, tuvo toda una guarida reservada únicamente para los placeres, los gemidos y las respiraciones profundas. Era un apartamento con apariencia simple. Sin lujos. En un barrio discreto de San Javier.
Siempre estaba en penumbra. Con  las persianas bajadas. Con ese encanto veraniego de las siestas y el silencio. Eso le daba un ambiente morboso. Excitante. Sexual. Sí, me gustaba. Me ponía cachondo saber lo que vendría, lo que significaban las sombras y el sonido rebotando en las paredes de la sala medio vacía. Todo el apartamento estaba medio vacío. Cada mueble de la casa existía únicamente para ser aprovechado. Para explorar el placer de sus posibilidades. Espejos, colchones, sillas, mesa, cojines… Muchos cojines.
La habitación carecía de somier. Sólo colchones del mismo grosor, distribuidos a modo de tatami por el que siempre caminábamos descalzos. Desnudos. A veces, antes de quitarme la ropa interior, la única prenda que me permitía llevar después de desnudarme, podían pasar varias horas. Incluso un día entero si estaba demasiado excitado y tenía ganas de alargar el encuentro.
Tenía velas por toda la casa. De todos los tamaños. Las utilizaba en el baño o cuando se acercaba la noche y no habíamos terminado. Velas enormes. Objetos enormes. Otros pequeños y gruesos de color negro brillante. Del mismo brillo que unos zapatos de charol. El baño estaba repleto de envases cristalinos sin nombre. Con líquidos transparentes y de colores suaves. Sin ventanas. Con un olor que recordaba a los vestuarios de las piscinas públicas.

III

  Cuando quise darme  cuenta, estaba en el arcén con el morro de mi coche en dirección contraria a donde me dirigía, la radio encendida a todo volumen y una hiperventilación que logré calmar mirando a mi alrededor y comprobando que no existían terceros, peatones o animales muertos cerca de mí. No sabía qué había sucedido. Cómo pudo pasar algo así. Circulaba solo, sin prisa ni ansias de llegar a ningún lugar concreto. Logré salir del coche temblando y me senté en el capó unos segundos. Volví a mirar a mi alrededor de manera más analítica, y pude ver una mancha negra, espesa y generosa en un lado del carril por el que circulaba. Hasta ese momento no la había visto. Parecía estar allí de forma espontánea. Volvió la confusión ante la historia que me estaba contando en ese momento. Como si esa mancha, caída de una pluma invisible, estuviera redactando la crónica de esta historia.
Al poco tiempo, se incorporaba un coche a la glorieta para tomar la autopista. Vio la escena y se detuvo unos metros más adelante. El conductor bajó la ventanilla y habló, pero no pude contestar. Estaba asustado todavía e intentaba ver la cara de quien me hablaba. Pasaron algunos segundos, pero al conductor del otro coche le debieron parecer suficientes como para saber que algo no estaba bien conmigo. Salió del coche y se acercó. Todo pasaba en mi cabeza a cámara lenta. Con quietud, suavemente. Sin ruido. La primera palabra que pude verbalizar a escasos metros de mi auxiliador fue: Mi Capitán.
Era la primera vez que lo veía vestido de paisano. Pantalón corto, camisa y unas gafas de sol. Después de eso comencé a hablar atropelladamente, amontonando los hechos y el destino. Después de un rato teorizando sobre el suceso, arreglamos un poco los desperfectos de la batida interior de mi coche, y nos despedimos con el formal agradecimiento que corresponde al respeto que le debe mi rango. Subimos a nuestros respectivos vehículos y nos alejamos en direcciones opuestas.

IV

  Llevaba más de dos horas tumbado en el sofá cuando me incorporé para beber algo.
Desde la ventana de la cocina pude ver el coche de Mi Capitán aparcado a unos veinte o treinta metros de mi casa. No sé por qué, empecé a ponerme nervioso y a mirar en varias direcciones para saber más. No tenía ni idea de lo que quería ver ni saber, pero me pareció tremendamente extraño ver su Audi azul marino con la banderita colgando del retrovisor… frente a mi casa.
De pronto sonó el timbre de mi puerta tres veces. Muy seguidas. Me apresuré a ponerme unos pantalones, la camiseta y abrí impulsivamente.
Mi Capitán –dije-. Saludé.
Se disculpó por presentarse sin previo aviso y aprovechó para interesarse por mi estado. Le invité a pasar pero lo rechazó. Argumentó varias razones de peso. Comprobó la solvencia con la que había superado el estado anímico del percance, y volvió a argumentar su parada con la ayuda que necesitaba. Sabía que estaba en deuda con él por lo ocurrido.
Calcé mis zapatillas de deporte, cogí mi móvil, las llaves y caminamos juntos  en dirección a su coche.
Nos dirigimos a su apartamento.
De camino me explicaba lo mal que estaban las cosas en ciertas cúpulas laborales, las nuevas incorporaciones de jóvenes desmotivados en busca de un salario y lo tranquilo que se encontraba en una zona como a la que nos dirigíamos. Hicimos un recorrido tranquilo, sin prisa en la conducción. Incómodo a veces por su poco deseo de finalizar el trayecto, alargando los kilómetros como si de un sueño se tratara. Finalmente llegamos.
Quiso terminar su conversación reposado, mientras apagaba el motor. Sin prisa por salir del coche hasta que finalizara. Generando una intimidad nunca vivida conjuntamente y que formaba parte coherente con el resto del viaje. Abrió su puerta y salió. Yo le seguí.
Destapó el maletero y vi una caja voluminosa, perfectamente embalada. Justificaba el reclamo sin duda. No hice preguntas al respecto. Cogimos el bulto y subimos unas cuantas escaleras de la casa. Nos detuvimos justo en la puerta para descansar mientras buscaba las llaves. Entró solo, cerró varias puertas y volvió a la entrada para meter juntos su compra en el salón.
La estancia era tremendamente inquietante. Una mesa de aluminio dominaba absolutamente el cuarto. Limpia, brillante, de tamaño considerable. Recordaba a la mesa de un forense. Sobre ella no había nada. Absolutamente nada. En la habitación no había nada más. Ni una sola silla. Ni un cuadro. Nada.
Nos miramos. Se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa  y salió del salón. Sin decir una sola palabra.

V

  La próxima vez que lo vi, ya se había desencadenado todo.
Estuve casi diez minutos esperando de pie en la sala. Solo. Escuchando mi respiración. Sin saber qué hacer. No me atrevía a salir. No había motivo para huir, pero tampoco me tranquilizaba su incomunicación tan abrupta. No escuchaba nada en la casa. Intenté hablar, pero sólo pude toser nerviosamente. Tres veces.
Entonces la manilla de la puerta que podía ver desde la sala, comenzó a girar lentamente. Como cuando conducía. Como una maniobra más. La puerta se movió. Un poco. Se abrió. Muy poco. Justo la distancia de un ojo mirando desde fuera. No vi nada. Solo penumbra. De pronto me nombró. Pude sentir el tamaño y el vacío de la habitación donde se hallaba, porque mi nombre se volvió hueco. Imponente. Sin posibilidad de ignorar su voz. Caminé en dirección al cuarto con lentitud. Angustiado, lleno de dudas y de una curiosidad mortal.  La distancia hasta allí me pareció enorme. Una ruta vacía, sin paisaje ni sonido. Toqué la puerta y se abrió más. Y un poco más. Y no había nada. Seguía sin poder verlo. La abrí más. Nada. Volví a empujarla un poco más y tampoco vi nada. Tenía suficiente espacio como para entrar en ese momento, así que di mi primer paso al interior de la habitación. Lo hice tan lento, que creí que me caería allí mismo por no poder controlar mi equilibrio. Y entonces lo vi.
Estaba sentado sobre un taburete de madera negro, con uno de sus pies tocando el suelo y el otro relajadamente colgando a medio camino. Esperando. Me estaba mirando. Lo miré confuso. Absolutamente mudo. Temblando. Volvió a nombrarme. Hizo una breve pausa y me pidió que cerrara la puerta. Tardé tanto en reaccionar, que se movió en el taburete y sonrió.
Estaba rodeado de espacio vacío. Dos grandes ventanas con persianas impedían ver el exterior. No me atreví ni a respirar por no armar un escándalo. Junté mis labios lentamente, con la intención de articular una “P”. Antes de que pudiera emitir sonido alguno, se puso en pie. Avanzó amigablemente hacia mí, y tocó con el dedo índice de su mano derecha mis labios. Los acarició lenta y verticalmente con la yema de su dedo. Después los acarició otra vez. Lenta y horizontalmente. Me miraba intensamente. Con el deseo de un animal herido.  Me separé unos centímetros. Despacio, obedecí su orden y cerré la puerta. Mientras terminaba de cumplir su deseo, comenzó a quitar su reloj con auténtico tempo ceremonial. Como un médico enfunda sus guantes antes de tocar. Lo guardó en el bolso de su pantalón y se descalzó utilizando sólo sus pies. Sin dejar de mirarme.

VI

  Han pasado dos días.
Ni siquiera desembaló aquella caja. Estaba intacta. En el mismo espacio.
Seguí desnudo, con una erección matutina y un desayuno continental, dos cervezas y la mitad del cenicero repleto con el último cigarrillo medio apagado. Humeante. Agonizando cerca del filtro.
Escuché los primeros ruidos a través de la ventana. Delicadamente. Sólo actividad.
Mi Capitán tumbado, con sus brazos y sus piernas completamente abiertos como una estrella de mar, cerca de mí, despejado, silbaba suavemente expulsando más aire que sonido. Me besó. Besó mi pecho, mi abdomen, mi sexo, mis cuádriceps, llegó a mis tobillos y volvió a subir. Se detuvo a medio camino y delicadamente se recreó en lamerme y reposar su cabeza entre mis piernas. Sudamos. Olíamos a nuestros dos días. Uno entero para él.
Comimos. Compartimos un zumo. No hablamos. Cogió mi mano y salimos del cuarto con tatami. Entramos en el baño repleto de velas encendidas. Completamente ocupado por el vapor de una bañera a medio llenar. Rebosando espuma. El calor era  insoportable. Nuestros cuerpos se abrieron y expulsaron todos los líquidos. Todo lo que llevamos dentro.
Me tumbó en el suelo húmedo decúbito prono y sin posibilidad de ver nada más. Sólo sentir sus manos, su cuerpo, repartiendo un aceite rojo, caliente y de olor agradable por todas partes. Comenzó a hablar en tono grave y recitó un Charbeiti* . Uno con los versos más bonitos. Luego calló. Siguió frotándose y volvió a repetir los versos.
Estuvimos así mucho tiempo. Girando sobre nosotros mismos. Impregnados en nosotros mismos. Como dos cocodrilos desesperados.
Comencé a marearme, a perder consciencia, a sentirme débil por el calor y tuve ganas de parar. En ese momento asió mis muñecas fuertemente y comenzó a arrastrarme suavemente fuera del baño. Volvimos al cuarto. Sentí frío. Frío. Como si estuviera desnudo en un invierno blanco y solitario. Mi cuerpo se cerró de forma automática. Se comprimió. Se empequeñeció y mi sexo se volvió desproporcionadamente infantil. Entonces empezó otra vez. Como una pitón intentaba engullirme. Caber dentro de él. Desencajando sus facciones. Forzando la naturaleza de su cuerpo para poseerme así. Duro. Con aristas. Con unos jíbaros genitales por los que quería empezar. Así, fríos hasta el dolor, pretendiendo depredar antes de recuperar inevitablemente la temperatura, llegamos al final.
El teléfono sonó por primera vez en todo este tiempo. Rompió de tal manera todas estas horas, que pensé en suicidarme del dolor que producía en mi cabeza. Insistente. Distorsionador. Un ataque mental. Una tortura. Gemí de dolor. Permanecimos quietos. Suspiré bronco, áspero. Se incorporó y habló. Colgó y el calendario se partió en dos.
Salió del cuarto. Sin decir nada se ausentó el tiempo necesario. Después entró completamente vestido de trabajo y dijo: todo ha terminado.

VII

 Viena.
Hace frío y llueve de una manera aislada. Miro por esta ventana de la habitación en un hotel del centro. La misma habitación de nuestro último encuentro furtivo. Miro la extensa cama y mi cabeza vuelve a pensar en los agujeros. En las madrigueras. Mis hombres  viviendo en apartamentos terrosos excavados en el suelo, con redes de camuflaje y sacos de tierra, refugiados, disimulados en un entorno yermo. Como tristes luciérnagas con luz roja mortecina, moviéndose en la oscuridad profunda y total de las noches en la provincia de Badghis, en pleno territorio Tali, los hombres hacen guardia. Comiendo sus raciones en lata, durmiendo de uniforme y botas en sacos al lado del arma. Defecando en letrinas de madera con un agujero en el centro, donde colocan una bolsa de plástico para recoger sus excrementos. Pienso en todo eso mientras miro las sábanas limpias y blancas. Pienso en el futuro. En que ya no hay nadie a quien desear salvajemente, sólo con las tripas. Con la piel y las vísceras. Como en San Javier. Como en esta misma habitación tan poco tiempo atrás. Sin amor.
Han pasado doce meses y no hay noticias. Ya no quiero enviarlas. Ni recibirlas.
No volveré de misión por Asia. No volveré a ningún lado con uniforme. Nunca más. Nunca más vestiré órdenes, ni habrá rituales, ni camisas iguales. Aniquilaré las distinciones, los pasos acompasados y los turnos. Exterminaré las luces flojas, el color rojo y los sonidos nasalizados de las alertas. Dormiré seco, desnudo, con la luz encendida. Dejaré de ver el miedo. Dejaré de sentir una bomba en el pecho…
Desactivaré todos los detonadores y viviré.

*El Charbeiti es una forma de poesía afgana. Recitado en cuatro versos y frecuentemente expresa amor, juventud, guerra o eventos de la vida de los poetas. Son a menudo transmitidos oralmente, lo cual induce a múltiples variaciones de un mismo poema.

© Todos los textos de esta Web están registrados y protegidos bajo licencia.